- Vigilar y hacer cumplir a los vecinos con la obligación de tener limpias y en condiciones de seguridad sus parcelas, recordándoselo con bandos municipales en todas las lenguas de la Comunidad y con inspecciones visuales y periódicas para verificar se están cumpliendo. Este tipo de medidas deberían llevarse a cabo, anualmente, en los meses primaverales.- Procurar que las zonas verdes municipales localizadas dentro de esas poblaciones cumplan, ejemplarmente, con las condiciones de seguridad y mantenimiento exigidas para la previsión de incendios.- Clasificar el ámbito municipal por zonas de peligrosidad , destinándoles a las más peligrosas los proporcionales recursos y atención municipales. Por ejemplo, entender como más prioritario destinar la dotación de parques y jardines a cortar y limpiar malezas de un barrio dentro de una zona boscosa que al riego diario de los crisantemos que adornen el jardín del ayuntamiento.
Sería interesante conocer las partidas presupuestarias que los ayuntamientos españoles afectados por incendios forestales destinaron a prevenir incendios y las que destinaron a sus fiestas mayores. Y por parte de los gobiernos autonómicos y diputaciones provinciales, pedirles que controlen y hagan cumplir a sus ayuntamientos toda la legislación y normas en vigor para la previsión de incendios, colaborando con ellos cuando éstos no tengan los recursos y medios precisos, pero siempre de modo preventivo.
🔄 16 de agosto de 2026. Cada verano vuelve a repetirse el mismo drama: incendios que
arrasan montes, viviendas, ecosistemas y, en ocasiones, vidas. Lo que en 2004
era ya una preocupación evidente —la falta de prevención municipal y la
desatención de zonas de riesgo— sigue siendo hoy un problema estructural.
La reflexión permanece vigente: sin planificación, sin
mantenimiento de parcelas y zonas verdes, sin clasificación real de áreas de
peligrosidad y sin presupuestos que prioricen la prevención, los incendios
seguirán siendo una tragedia anunciada.
Este comentario, releído con perspectiva, subraya una verdad
incómoda: la prevención no es un gesto estético, sino una responsabilidad
política y comunitaria que demasiadas veces se posterga.